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Quebrada Ishinca - Nevado Urus

mountaineering
Mountaineering
Saturday, June 22, 2013

Summit:

Altitude: 
5.420m.
Difficult: 
Medium
Hardness: 
Medium
Total elev. gain in a day: 
1100 m.
Total time: 
7,0 h.
Average: 5 (1 vote)

QUEBRADA ISHINCA

Después de nuestro merecido descanso de un día en Huaraz, decidimos partir hacia la Quebrada Ishinca para ascender el Urus y el Ishinca.
Yo empiezo a entender porqué los peruanos dicen El Perú y le estoy empezando a temer. Cuando organizamos el viaje sólo tenía reticencia al Chopicalqui; había visto fotos de la ascensión y las grietas, la rimaya y un par de pasos me tenían preocupada y dudaba de si iba a ser capaz de superarlos. Después del trekking de Huayhuash ya estaba preocupada de todo. Mi cabeza me decía: ”Si el trekking que era donde creías que ibas a disfrutar ha sido así…¡¡Que serán los 5-miles!!” Ya sabia lo que era llevar una mochila pesada en El Perú y ahora además teníamos que llevar el material técnico (botas, piolets, crampones, arnés, material de escalada..) así que hablé con Ricardo y le propuse dormir en el refugio de la Quebrada Ishinca y nos evitábamos cargar con la tienda, hornillo, cazuela y comida.

Al principio no quería pero me busqué de aliada a Zarela y con las dos en contra…ya no supo decir que no. Y llegó el día, nos viene a buscar un simpático taxista contacto de Zarela, cargamos mochilones y…empieza la aventura.
Tardamos una hora más o menos en llegar a la Quebrada. En El Perú casi todos los trayectos se hacen por pistas, éstas atraviesan poblados, casas aisladas, campo y después otro pueblo, más casas, más campo…Cuando ya llevamos casi 20 minutos dando botes en el taxi nos encontramos con una excavadora de frente. ¡Estaban moviendo la tierra del camino! A mi se me empezaron a abrir las carnes (en el Perú no se me cerraban nunca) porque ya me veía con el mochilón a la espalda subiendo por esa pista infernal, con los ojos de par en par y los dedos cruzados veo como nuestro simpático taxista evita la excavadora, sube por el montículo de tierra, volantazo a la izquierda, a la derecha y…continuamos… Empiezo a aplaudirle y decir: “Tenemos el mejor taxista del Perú”, cuando 30 minutos después veo a un indígena con azadón en la mano haciendo una zanja en la pista. Ya mis carnes no se mueven porque llevamos al mejor taxista del Perú y además de simpático también sabe arreglar pistas. Se baja, le quita el azadón al paisano y rellena dos trozos separados como la anchura del coche. Arranca, pasamos por encima sin problema y llegamos por fin a Cochapampa.
Nuestro simpático, buen conductor, arreglador de pistas y taxista nos da su teléfono y nos dice que el día que volvamos, nada más pasar la Quebrada, le llamemos y él viene a buscarnos. Vemos la Quebrada y un camino no muy empinado va a ella, nos miramos atónitos, parece fácil, todo estaba saliendo perfecto. Así que cargamos nuestros mochilones, nos despedimos del taxista y felizmente hablando comenzamos a caminar. De Cochapampa al refugio hay 14 Km. de distancia y poco desnivel. Aunque estamos aclimatados seguimos notando la falta de aire durante el camino. Vamos parando de cuando para que respiren nuestros pulmones y nuestra espalda. Ya llegando, Ricardo se adelanta y vuelve para cargar con mi mochila (creo se sentía en deuda conmigo por los escasos 10 minutos que pude llevar la suya en el paso del Trapecio). Yo, por supuesto, me dejé, ¡vamos que me hubiera dejado hasta que me llevara a mi! Lo increíble de este viaje, además del esfuerzo, han sido los paisajes. Caminas lentamente durante horas, subes y subes, y de pronto te encuentras con unos montañones (no todos los “ones” van a ser mochilas) nevados y unos glaciares del copón.

En este caso estábamos en un valle donde a la izquierda estaba el Urus, a la derecha el Ishinca y en frente una cadena montañosa con el Tocllaraju diciendo: súbeme, súbeme.
El refugio, totalmente recomendable. Como apenas había gente nos dieron una habitación para los 2 y nos preguntaron que a qué hora queríamos cenar. Alucinábamos. Como era el día perfecto pues nos pedimos una cervecita esperando nuestra cena y mientras, fuimos unos estupendos traductores de Monopoly de un grupo de eslovenos que estaban en otra mesa. Era súper gracioso escucharlos leer en un español casi perfecto algo que no entendían o no querían entender porque siempre nos preguntaban las cartas “malas” que las buenas sí que las entendían, sí.

Cenamos como reyes en compañía de dos austríacos que compartieron mesa y baraja de cartas austríacas con nosotros. Al día siguiente todos queríamos hacer el Urus. Ricardo quería salir a las 2 de la mañana (y yo callaba) ellos a las 5 (y yo callaba) según avanzaban la tarde Ricardo dijo saldríamos a las 2:30 (yo mutis con comisura), a las 3:00 (mutis con sonrisa), a las 3:30 (mutis con sonrisa y ojos abiertos) y ellos a las 5. Nos vamos a acostar.

SUBIDA AL URUS

A las 3:30 de la mañana suena el despertador. Ricardo no ha dormido nada, ha pasado la noche sin poder respirar bien y con arritmias. Mas o menos una hora después estamos saliendo del refugio con nuestros frontales encendidos y comenzamos a subir y subir y subir por un camino zig-zageante empinado, empinado, empinado, de tierra congelada. Una vez más empezamos a decir esa frase tan repetida en El Perú: “pero ¿cuánto queda?”. Avanzamos despacio debido a la falta de aire y la inclinación del camino, después de más de 2 horas ¡Bien! termina el camino y empieza la pedrera, despacio continuamos y una hora después ¡Bien! vemos la nieve.
Paramos a ponernos los crampones, las botas y coger el piolet. Tomamos a la izquierda una pala con mucha inclinación, echamos de menos el otro piolet pero la nieve estaba bien. Tenemos que parar a respirar y coger fuerzas pero no mucho tiempo porque ambos pensamos que “deberíamos” ir encordados y ya lo mejor es tirar para arriba y disfrutar de las cosquillitas de nuestro estomago.
Y llegamos al glaciar, con nuestro lento caminar lo vamos atravesando y empezamos a ver a 2 personas subiendo delante de nosotros, le digo a Ricardo: “Son nuestros amigos los austriacos”, él calla, no sé si porque no puede hablar o por aquello de “el que calla otorga” efectivamente, llegando al “casquete” final (cima) nos encontramos, ellos ya están bajando (¡Han salido a las 4 de la mañana! Seguro que bajo la influencia de Ricardo) y nos dicen que la subida por la izquierda es más expuesta que por la derecha y que nos demos prisa que viene una tormenta, miramos a nuestra derecha y una nube negra, negra está sobre el Tocllaraju y amenaza con venir hacia nosotros, sin tiempo para beber agua o comer algo continuamos por la izquierda con una escalada mixta y con alguna maldición que otra por mi parte, tras escasos 20 minutos…¡¡Estamos en la cima!!
Hacemos alguna foto y sin perder de vista la nube negra, negra bajamos lo más rápido posible por si acaso. Antes de llegar a la pedrera paramos a comer alguna barrita y beber agua. Proseguimos y en lugar de seguir las huellas de nuestros amigos los austriacos nos vamos a la derecha para bajar por el camino por el que habíamos subido. Error.
El camino había desaparecido y nos encontramos con unas cortadas imposibles de bajar. No dábamos crédito, ¡Nos hemos perdido! Aquello estaba lleno de hitos que luego desaparecían.

Tras unas cuantas vueltas con subidas y bajadas encontramos al “hito bueno” que nos condujo al “buen camino” lo que pasa es que ya no era tan bueno, el sol había trabajado de lo lindo y el empinado y helado camino de subida se había convertido en un empinado y cenagoso camino dónde era casi imposible no resbalar y caer, las maldiciones vuelven otra vez, esta vez compartidas, creo, porque Ricardo bajaba más deprisa que yo y también caía, (que yo lo veía).

Cansada de hacer “fango-boot” busco alternativa de bajada, hay unas piedras a mi derecha y me encamino hacia allí sin poder avisar a Ricardo, con bastante dificultad y tiempo llego al refugio. No veo a Ricardo y me extraña, he tardado mucho y le imaginaba abajo esperándome con mirada condescendiente, miro hacia arriba y diviso un punto pequeño, “¡Ostras, ha subido a buscarme!”, le llamo y raudo y veloz vuelve a bajar.

Nos encontramos, nos sonreímos y nos metimos en el refugio a tomarnos nuestra merecidísima cervecita.

 

SUBIDA AL ISHINCA

Las 2:30 a.m. Suena el despertador. Ricardo me dice que tampoco ha dormido nada esta noche, no puedo contrastar la información; yo, como un lirón. Volvemos a desayunar a la luz de las velas. Al igual que ayer, estamos solos en las amplias, frías y silenciosas estancias del refugio Don Bosco, como en un castillo siniestro. Sobre las 3:15 de la mañana salimos del refugio, atravesamos el campamento, cruzamos el río y comenzamos a subir por un camino muy bien marcado. Todo se desarrollaba sin incidentes hasta que, de pronto, vemos un río, oh cielos, no ha amanecido y ya voy a subir con los pies mojados. Ricardo, que ya conoce esta afición mía, se empeña en transformar el entorno y le veo coger piedras como un levantador vasco. Y yo diciendo : “Que da igual, que me voy a mojar igual”. Dejó el río igualito que una calzada romana. Yo empiezo a caminar y al tercer paso: ¡¡Choff!! Pie en un pequeño huequito. Menos mal que una después de tanta práctica, saca el pie a una velocidad vertiginosa y las botas no llegaron a calar. Ya no hubo más incidentes hasta la llegada al glaciar. Allí nos colocamos los arneses, las botas de expedición, los crampones, y nos encordamos. Empezaba a amanecer y la vista del Ranrapalca era espectacular. Tuvimos una subida tranquila, cómoda, disfrutando del paisaje y del día soleado. Casi llegando a la cumbre nos adelantaron dos chicos. A partir de ahí aumentó la inclinación y tuvimos que utilizar los dos piolets para el último tramo. Arriba aún estaban los dos chicos y nos hicieron unas fotitos (por fin alguien en cumbre para hacernos fotos decentes).

Decidimos hacer una ruta circular y descender por un camino distinto al que habíamos subido faldeando el Ranrapalca. La bajada por el glaciar, igual que la subida, fue tranquila y disfrutona (más por fin). Al llegar a la morrena tomamos un camino descendente, bastante marcado por huellas e hitos, hasta que llegamos a una cortada imposible de bajar con vida, echamos mano del GPS y para nuestra desgracia nos indicó que nos habíamos equivocado y teníamos que volver a subir. Las blasfemias creo que se escuchaban en el refugio mientras remontábamos hasta el camino; éste era incómodo y con muchas piedras sueltas que ralentizaban el paso. Por fin llegamos al cruce y entroncamos con el camino de ida. Ya casi llegando al campamento nos encontramos con nuestros amigos austríacos Lukas & Lukas. Les contamos nuestra aventura y nos despedimos de ellos hasta la próxima. Miramos el reloj y ¡Ya eran casi las dos de la tarde! Otra vez a correr. No habíamos comido, teníamos que hacer las mochilas, llamar a nuestro taxista para que viniera a por nosotros, y recorrer los 14 km hasta Cochapamapa antes de las 6 de la tarde que era cuando anochecía. Sobra decir que bajamos al trote con nuestras mochilitas a la espalda.

Llegamos a la salida de la quebrada sobre las 5 y empezamos a llamar al “mejor taxista del mundo”, sin éxito. Daba unos tonos de llamada un poco extraños. Como nos pareció raro y sospechábamos de no marcar bien el prefijo de Perú, recurrimos al help desk familiar. Menos mal que la adolescente de la familia está todo el día conectada al móvil y sobre la una, hora de España, nos envió toda la información solicitada. Ya con el número correcto llamamos, y el “peor taxista de Perú” nos dice que no está en Huaraz y no puede venir a por nosotros. No damos crédito. Le dijimos que nos buscara una solución porque alguien tenía que recogernos. Al final, nos envió a un colega, Juan, que llegó antes de lo que esperábamos porque ya nos imaginábamos lo peor y nos veíamos plantando la tienda allí mismo para pasar la noche. Todavía el día nos depararía más sorpresas porque al llegar a Huaraz, Zarela nos estaba esperando para ir a cenar a El Horno y después tomar una copas. Por fin nos fuimos a la cama después de 22 horas despiertos, unos 35 km de ruta y subir un pico de 5.500 m. ¡Qué es eso para nosotros!

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